Cómo cambia la sexualidad con los años: especialistas plantean que no hay pérdida sino una transformación del deseo

Publicado el

spot_img
spot_img

La vivencia de la sexualidad durante la madurez y la vejez suele estar condicionada por mitos sociales, silencios y una mirada biomédica que la reduce con frecuencia a la capacidad reproductiva o al rendimiento físico. Sin embargo, abordar esta etapa vital exige desarmar la idea de decadencia y comprender que el erotismo atraviesa un proceso de cambio continuo. Lejos de implicar una pérdida irremediable del deseo, el paso de los años propone una reconfiguración guiada por la experiencia, el autoconocimiento y la posibilidad concreta de redefinir las formas del placer.

Así lo sostuvo Dolores Covacevich, magíster en Género, Sociedad y Políticas por FLACSO Argentina e integrante del Área de Géneros y Sexualidades de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). En diálogo con el periodista Marcos Vizcarra durante una entrevista radial en Radio Cristal, la especialista remarcó la importancia de dejar de asociar linealmente la vida íntima con la edad cronológica, los niveles hormonales o el vigor corporal, factores que históricamente han opacado la capacidad de elección y el registro de las preferencias individuales.

La experiencia como factor de transformación del deseo

Uno de los principales sesgos culturales radica en evaluar la vida íntima de las personas mayores bajo los mismos parámetros que rigen en la juventud. Esta comparación constante suele catalogar el avance del tiempo como un deterioro inevitable frente a estándares de vigor o frecuencia que responden a momentos biológicos y vitales completamente diferentes.

Covacevich enfatizó que la sexualidad madura al compás del desarrollo personal, por lo que resulta indispensable reconocer la singularidad de cada ciclo:

“No somos los mismos sujetos que fuimos a los 20, que fuimos a los 15, que somos a los 30”.

A partir de esta premisa, la profesional planteó la necesidad de correr el foco de la exigencia física para centrarlo en la trayectoria vital de cada individuo. La acumulación de vivencias permite afianzar qué prácticas resultan gratificantes, cómo poner límites y de qué manera comunicar los afectos. En este sentido, el desafío fundamental consiste en evitar que el envejecimiento sea interpretado como un ocaso definitivo:

“Que no sea visto como una pérdida del deseo, sino como una transformación”.

Asimismo, la especialista advirtió sobre la carga peyorativa que suele acompañar al término vejez, habitualmente vinculado de manera unívoca con la enfermedad, el aislamiento o la invalidez. Frente a este imaginario, subrayó que el envejecimiento es un proceso universal y gradual, y que transitarlo no invalida la capacidad de sentir ni despoja a los sujetos de su derecho a la intimidad.

Reducir el sexo a la penetración limita el placer

El análisis también abordó las presiones culturales que recaen sobre la sexualidad masculina y la extendida utilización de fármacos como el sildenafil, popularmente conocido como Viagra. Si bien Covacevich reconoció que estos recursos médicos pueden resultar de utilidad para acompañar la vida sexual en etapas avanzadas, cuestionó con firmeza el mandato que supedita la masculinidad y el goce exclusivamente a la capacidad de erección.

Al problematizar este enfoque coitocéntrico, la especialista describió la lógica predominante en el imaginario colectivo:

“Si no hay erección, no hay penetración, no hay sexo posible”.

Para la investigadora, esta concepción restrictiva excluye múltiples manifestaciones afectivas y placenteras. Al limitar el encuentro íntimo a la penetración, muchas personas quedan condicionadas por la frustración o experimentan sensaciones de incompletitud. En contraste, una mirada integral del erotismo permite revalorizar dimensiones fundamentales que no dependen del rendimiento mecánico:

  • El manejo de los tiempos: encuentros más pausados, libres de la urgencia del orgasmo inmediato.
  • La comunicación y la palabra: expresar necesidades, temores y fantasías de forma explícita.
  • El contacto corporal amplio: caricias, masajes, besos y abrazos que estimulan zonas sensibles más allá de los genitales.
  • La cercanía emocional: consolidar la complicidad y la confianza entre los integrantes del vínculo.

Ampliación de la consulta clínica y el impacto de los cambios hormonales

Durante décadas, el campo de la sexología estuvo enfocado predominantemente en resolver disfunciones específicas, como las fallas eréctiles o la duración del acto. Covacevich instó a trascender ese esquema para dar lugar a consultas que aborden las inseguridades ligadas a las transformaciones del cuerpo, las dificultades de comunicación en la pareja o los bloqueos que impiden disfrutar plenamente.

En esa línea, remarcó que la atención médica no debe postergarse ni considerarse secundaria cuando surgen molestias. Ante la presencia de dolor físico o malestar durante las relaciones, corresponde realizar una consulta con profesionales de la salud con la misma naturalidad con la que se atiende cualquier otra dolencia del organismo.

Al referirse a procesos como la perimenopausia, la menopausia y el climaterio, la magíster explicó que las variaciones hormonales no agotan ni clausuran el universo de la intimidad femenina. Por el contrario, superada la función reproductiva, “también se abre la posibilidad del disfrute desde otro lugar”, lo que propicia un redescubrimiento erótico despojado de viejas ataduras y mandatos reproductivos.

Los cambios corporales sin el peso del prejuicio

Finalmente, Covacevich se refirió a la importancia de asumir el paso del tiempo y las modificaciones anatómicas como procesos intrínsecos a la condición humana. Hablar abiertamente sobre la finitud y los cambios corporales permite naturalizar situaciones que, de mantenerse en silencio, suelen alimentar el rechazo hacia la propia imagen.

La autoexigencia de conservar los cánones estéticos de la juventud opera en muchos casos como un obstáculo para el disfrute, generando que las personas se distancien de su propio cuerpo al no reconocerse en las figuras del pasado. Ante esta problemática, concluyó:

“Normalizarlos, hacerlos cotidianos para que también eso no invalide nuestra mirada al espejo y no nos haga no mirarnos con deseo”.

La aceptación de las transformaciones corporales, lejos de representar una renuncia, habilita nuevas herramientas y perspectivas para experimentar el placer, tanto a nivel individual como en el encuentro con los demás.

Compartir esta noticia:
5H